
Durante siglos los individuos nacieron marcados por un atributo (mujer, negro, cristiano, noble, siervo…) ‘natural’ que -dado que la naturaleza era obra de Dios- se consideraba ‘sobrenatural’. Los individuos se re.conocían porque permanecían igual a sí mismos, tenían identidad. La modernidad es el proceso de secularización que ‘desnaturalizó’ las identidades al vincular la esencia del individuo con una libertad y voluntad que le permiten hacer algo consigo mismo. En este escenario y puesto que sólo se puede conocer lo que es igual a sí, el re.conocimiento no podía basarse en el origen sino en la prosperidad, lo que llenó la bio.grafía de suspense. La revolución burguesa provocó la crisis de la identidad al rotar 180º el proceso de subjetivación inventando ‘la carrera’: una tecnología del yo que integraba la biografía en el relato de la ‘prosperidad’ y postergaba la gratificación.
La crítica a la burguesía cargó contra su alta conciencia de sí, contra su (auto)confianza en la voluntad y la libertad, demostrando que la conciencia era producto del estadio de la economía (Marx), que la voluntad era una máscara del inconsciente (Freud) y que la libertad era una ilusión del lenguaje que nos pensaba (el estructuralismo). Pero la crítica a la mentalidad burguesa se quedó pronto sin enemigo.
La ética puritana basada en el ahorro y la inversión conformó el espíritu del capitalismo en su fase ‘militante’, mientras este necesitó acumular capital y difundir para ello la reinterpretación protestante de la parábola del camello y la aguja que demonizaba no la ganancia sino el gasto. Cuando la acumulación de capital fue suficiente como para asegurar el funcionamiento del capitalismo (como para comprar todas las voluntades) se hizo necesario dar salida a su sobrecojedora capacidad de producción: la mentalidad burguesa no sucumbió a manos de sus críticos sino de la tarjeta de crédito, que postergaba el pago y resituaba la gratificación en el presente. Pronto, la flexibilización laboral del capitalismo postfordista disolvió los últimos restos de la subjetividad burguesa al vincular la competencia con la capacidad de adaptación a circunstancias cambiantes. El sujeto postburgués hubo de escapar al orden del relato para sobrevivir en el escenario del capitalismo ‘triunfante’: abandonó sus planteamientos (principios o convicciones), nudos (compromisos afectivos o éticos), y desenlaces (objetivos a largo plazo).
Mientras tanto, la reedición postmoderna de la crítica al fantasma de la burguesía creaba un colchón intelectual para el nuevo escenario económico: sus metáforas ‘libertarias’, creadas contra un burgués que llevaba décadas haciendo cola en los parques temáticos para vivir situaciones ‘epatantes’ y contra un estado que llevaba años en fase de privatización, se parecían sospechosa y sintomáticamente al campo semántico del nuevo capitalismo: mestizaje, travestismo, esquizofrenia, red, desterritorialización, transculturación, fragmentariedad, apropiacionismo, sincretismo, descentramiento, hibridación, transfronterizo...-.
La acción combinada de capitalistas y anticapitalistas ‘institucionales’ diluyó la noción de sujeto en plena crisis del estado del bienestar: un ‘progreso’ insostenible y descabezado avanza por su propia inercia sin encontrar ninguna categoría a la que rendir cuentas sobre su supuesto carácter benefactor. ¿En función de qué modelo de sujeto podemos evaluar la pertinencia del ‘desarrollo’?
La crítica a la burguesía cargó contra su alta conciencia de sí, contra su (auto)confianza en la voluntad y la libertad, demostrando que la conciencia era producto del estadio de la economía (Marx), que la voluntad era una máscara del inconsciente (Freud) y que la libertad era una ilusión del lenguaje que nos pensaba (el estructuralismo). Pero la crítica a la mentalidad burguesa se quedó pronto sin enemigo.
La ética puritana basada en el ahorro y la inversión conformó el espíritu del capitalismo en su fase ‘militante’, mientras este necesitó acumular capital y difundir para ello la reinterpretación protestante de la parábola del camello y la aguja que demonizaba no la ganancia sino el gasto. Cuando la acumulación de capital fue suficiente como para asegurar el funcionamiento del capitalismo (como para comprar todas las voluntades) se hizo necesario dar salida a su sobrecojedora capacidad de producción: la mentalidad burguesa no sucumbió a manos de sus críticos sino de la tarjeta de crédito, que postergaba el pago y resituaba la gratificación en el presente. Pronto, la flexibilización laboral del capitalismo postfordista disolvió los últimos restos de la subjetividad burguesa al vincular la competencia con la capacidad de adaptación a circunstancias cambiantes. El sujeto postburgués hubo de escapar al orden del relato para sobrevivir en el escenario del capitalismo ‘triunfante’: abandonó sus planteamientos (principios o convicciones), nudos (compromisos afectivos o éticos), y desenlaces (objetivos a largo plazo).
Mientras tanto, la reedición postmoderna de la crítica al fantasma de la burguesía creaba un colchón intelectual para el nuevo escenario económico: sus metáforas ‘libertarias’, creadas contra un burgués que llevaba décadas haciendo cola en los parques temáticos para vivir situaciones ‘epatantes’ y contra un estado que llevaba años en fase de privatización, se parecían sospechosa y sintomáticamente al campo semántico del nuevo capitalismo: mestizaje, travestismo, esquizofrenia, red, desterritorialización, transculturación, fragmentariedad, apropiacionismo, sincretismo, descentramiento, hibridación, transfronterizo...-.
La acción combinada de capitalistas y anticapitalistas ‘institucionales’ diluyó la noción de sujeto en plena crisis del estado del bienestar: un ‘progreso’ insostenible y descabezado avanza por su propia inercia sin encontrar ninguna categoría a la que rendir cuentas sobre su supuesto carácter benefactor. ¿En función de qué modelo de sujeto podemos evaluar la pertinencia del ‘desarrollo’?
Resumen intervención de Ramón Salas.







2 comentarios:
Hola: soy Rayco. Tenía unos textos escritos desde hace tiempo que hablan un poco de mi obra y a Ramón se le ha ocurrido que podía colgarlos aquí a ver si se anima el debate. Me interesa este tema. Ahí lo dejo.
Historias de autorepresentación: caminar lo andado
En 1854, un pintor errante, materializa una metáfora del desencuentro. Con Buenos días señor Courbet, el artista, entre otras cosas, inserta la idea de aquél que no ha encontrado su lugar. No gusta al público. Tampoco al rey. Es una historia de autorepresentación; obra hija de su tiempo. En 1936, United Artist lanza al mundo uno de los documentos más transgresores (a mi juicio) de la historia del cine americano. Haciendo uso de su inimitable y característico cinismo, Chaplin aprieta las tuercas a un episodio de la historia universal. Deprimido, alienado, hastiado, pierde el control, y es presa de una serie de acontecimientos que responden a una estructura social determinada de un momento histórico concreto. Es también una historia de autorrepresentación, una obra hija de su tiempo. A mediados de la década de los ochenta, Jeff Koons irrumpe de manera imparable en la escena del arte internacional, con el claro objetivo de explorar las posibilidades del arte en un espacio temporal saturado por los mass-media. Lo hace (entre otras) con una historia de autorepresentación: obras hijas de su tiempo.
Por tanto, ¿Sería posible salir del paso sin una (o alguna) autorepresentación? Vivir en La Laguna y estudiar en la Academia son factores lo suficientemente contundentes como para considerar casi una transgresión no hacerlo. Kandinsky sentencia que toda obra de arte es hija de su tiempo y que cada período de la cultura produce un arte propio que no puede repetirse. No tiene sentido pues, volver sobre patrones del pasado, a excepción de que se tome conciencia de este tiempo. De lo contrario sería algo así como vestir a una mona con trajes de seda.
Traté desde un primer momento de evidenciar mi espacio y mis referentes... por eso que dicen los psicólogos sociales de que las personas necesitamos sentir que pertenecemos a un grupo. Copié, calqué y fusilé a todos aquellos que estaban en mi entorno cercano, disfrutando de la licencia de ser un estudiante de segundo curso que recién tomaba contacto con este nuevo mundo. Saqué las bases de la escuela de La Laguna: imité composiciones, esquemas, ideas, temática, modos de hacer y de resolver. Aprendí que era absurdo ser auténtico, que lo que se llevaba (al menos en provincias) era la inautenticidad. Asumí, con gran dolor, la imposibilidad de pertenecer a la vanguardia. En una charla que tuve con Thorstein Veblen, éste me dijo que me fuera preparando para el golpe: Chico, tú no vas a alcanzar nunca a esa vanguardia, cuando llegues al lugar donde está ahora... se habrá ido. Malos tiempos. Empecé a preguntarme si era necesario un cambio, si era un engendro de algo, o peor aún, si, a pesar de cumplir con el requisito temporal, me había vestido yo con trajes de seda. Y no fue hasta el final, ya muy tarde para echar a andar en poco tiempo, cuando di la importancia que se merecía al concepto del principio de pertinencia , que viene a ser un constructo social adquirido, en el que la mirada selecciona aquellas cosas que nos distinguen, teniendo siempre presente nuestro contexto histórico concreto.
Inauténticas pero singulares, las obras que se producen en mi contexto no han podido sino ser las máximas determinantes de mi trabajo. Tanto conceptual como estilísticamente, han aportado un lenguaje explícito que asumo en su totalidad, porque si bien caminar lo andado aporta poca (o ninguna) originalidad a este momento histórico presente, nutre de manera notable el estilo de un espacio histórico algo mayor.
"la retención de las semejanzas supone la referencia explícita e implícita a las diferencias, y a la inversa; la atribución descansa siempre implícitamente en la referencia a "obras-testigos", retenidas de manera consciente o inconsciente, porque representan en muy alto grado las cualidades reconocidas, de forma más o menos explícita, como pertinentes en un sistema de clasificación determinado ”
Compartir contexto, vivencias, escenarios, fuentes de información, escuela, amigos, espacio de ocio... implica percibir situaciones similares y problemáticas similares, mostrándose un campo de posibilidades relacionadas que de una forma objetiva y a la vez subjetiva, son captadas por los artistas, que haciendo referencia a ello determinan sus elecciones.
Un teatro con su pertinente escenario
¿Cómo debo hacer para hablar en eslovaco?
Objetos de culto, plástico, jeans, colores, New Look, productos, masas y mass-media, revistas de moda y tendencias... El hilo conceptual de este trabajo gira en torno al contexto post-adolescente y ocioso que me rodea y configura mi entorno más cercano. He tratado de re-conocer en mi espacio inmediato y cotidiano aquellos valores extrapolables, susceptibles de protagonizar escenas que funcionen de forma operativa para plantear problemas de actualidad, sin caer en el fenómeno fashion de forma gratuita, pero sin obviar la relevancia que adquiere en nuestro contexto. Soy un joven globalizado, consumidor de cuanto se anuncia (al menos de forma convincente) y con grandes dosis de sentimiento de pertenencia a un grupo social. Un Zóon Politikon en toda regla, necesitado de un colchón social, y que asumo el estereotipo de joven del siglo XXI, con sus inconsistencias, carencias y contradicciones. Muchos de los procesos que nos paracen a simple vista completamente banales, esconden un transfondo sociológico delicioso, y son capaces de radiografíar complejas situaciones fruto de determinadas estructuras sociales mucho más complejas y completas.
Lejos de esa aparente banalidad, se puede considerar a esos elementos estéticos como pilares de un asunto totalmente político, ya que asumir un papel y disfrazarse para interpretarlo, supone vivir en continuo simulacro. Pero, más evidente es la proyección de este fenómeno si entendemos que es solo un reflejo de los patrones de consumo elaborados a escala global y que inducen la necesidad de consumir sin necesitar.
La obra contiene miradas "retro", un hilo conductor sustentado en el ocio, que deja paso a espacios habitados por individuos ávidos de distinción, relaciones de poder y espacios delimitados por una estudiada gestión de su consumo: cultura y contracultura, vida alternativa, elecciones de primer orden y una cierta carga de madurez exigible a su momento vital, como elemento trascendental de paso a una vida con responsabilidades, en un entorno ultraperiférico que no favorece la incorporación de los jóvenes al mundo profesional, y que despierta miradas celosas a países europeos con mayor calidad de vida y menor reducción del estado del bienestar.
Otra forma, por tanto, de hablar de la construcción de nuestra propia identidad (individual y grupal), en base a unos parámetros sociales elegidos (coaccionada o libremente), pero de obligado cumplimiento, encargados de gestionar, a través de la apariencia, las exigencias de vivir en sociedad. Esta clase social construida, siguiendo el esquema de Bourdieu, que pone en relación todas sus propiedades pertinentes y goza de cierta homogeneidad, despierta mi interés por tratarse de un espacio donde pueden reconocerse los elementos del grupo social y los cambios por acción del tiempo, que ponen de manifiesto la alta caducidad del look, la estética y el pensamiento.
Si a alguien le resulta incomodo leer aquí siempre puede copiar el texto y pegarlo en un documento de word. No logro hacer extensible la ventana de comentarios.
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