
Solemos entender la ‘subjetividad’ como algo personal, no objetivo, inconsistente; pero en realidad es un dispositivo social, un conjunto articulado de factores económicos, afectivos, culturales, etc. a los que se agarran los individuos para reconocerse y ser reconocidos: no se es sujeto, se está sujeto en un ecosistema social. Hay que des.plegar la subjetividad, percibirla como el espacio, que desborda al individuo, donde este articula su intimidad, sus inclinaciones y dependencias.
Las prácticas de subjetivación, las formas de vida, son históricas y, por lo tanto, susceptibles de ser transformadas enfrentando las normas (reconocimiento por adaptación a la convención) con la observación de las formas: toma de conciencia de la existencia que implica tener experiencias (estructuras, conexiones, relaciones) y reflexionar sobre cómo decantan en ellas las relaciones de poder (desnaturalizar la subjetividad: problematizar sus prácticas, discutir sus formas, redefinir sus gustos…).
El capitalismo se sustenta en una subjetividad (la inalienable libertad de consumo) insostenible. Desertar de las identidades prêt-à-porter exige el desarrollo de una estética de la existencia como ética ‘agonal’: no podemos liberarnos de nuestros condicionantes, la libertad no se conquista, se ejerce, cotidianamente, procesualmente, mediante prácticas que crean estilo (no identidad sino coherencia), actividades sobre uno mismo que dan a ver una forma.
De ahí el carácter ejemplar de la experiencia artística, que implicaría: agudeza perceptiva (percibir en lo concreto sus implicaciones); un trato activo con lo múltiple que se concreta en una forma (hacer algo necesario a partir de la contingencia) basada en elecciones coherentes en un sistema de gran complejidad; un incesante trabajo ascético de gobierno (un ejercicio que un sujeto realiza sobre sí) guiado por el afán de perfeccionamiento (autonormativo, compromisorio pero gozoso); con.figurar una instancia individual sobre un fondo intersubjetivo; la modificación de los puntos de vista y los gustos (habilitar un interlocutor con capacidad de evaluar y atribuir valor); en definitiva, la invención de posibilidades de vida y modalidades de subjetivación en el marco de la economía general de intercambios.
Esta concepción supone la definitiva superación del romanticismo (la obra expresa el universo mental de un sujeto inimitable que instituye un mundo con su propia lógica interna) y el modernismo (con su imaginario de negación y alienación que busca un punto exterior arquimédico desde el que saludar al ‘hombre nuevo’ a golpe de manifiesto). El arte hoy no busca arcadias sino modus vivendi, espacios para existencias densas, fecundas y sostenibles. Las prácticas de subjetivación requieren un ecosistema social, el arte opera con los vectores de sentido en ese ‘espacio público’, lo que no implica poner esculturas en las rotondas ni pancartas al frente de las manifestaciones, sino aprovechar que el mundo ha devenido imagen para desarrollar un paisaje social, un telón de fondo contra el que los individuos puedan representar sus necesidades de cumplimiento incompatible (aquellas cuya satisfacción implica una modificación del orden de cosas dado) con la expectativa de que sean reconocidas. En otras palabras: crea un ecosistema en el que determinados sujetos puedan desarrollarse y otros tiendan a extinguirse por encontrar dificultades para su reproducción.
El paisaje es la huella y el escenario de los usos sociales. Hoy las prácticas de subjetivación reconocidas fomentan el consumo, el despilfarro, la urbanización indiscriminada del territorio, el abuso del automóvil, la desestructuración urbana, la ansiedad, la degradación del espacio público, la mercantilización de las relaciones sociales, el espectáculo del deterioro social y medioambiental. ‘Conservar’ otros paisajes en extinción (no disecarlos, convertirlos en parques temáticos de sí mismos) que permitan reconocer otro tipo de paisanaje exige imaginar actividades socioeconómicas compatibles. Todo ello nos devuelve al origen de la filosofía -la reflexión sobre al lugar del hombre en la ciudad- y del arte –la definición fondo / figura-.
Buscábamos una subjetividad cuyo bienestar sirviera de indicador para un desarrollo autolegitimado. ¿Podemos plantear el desarrollo artístico como indicador de progreso? Quiero decir: el desarrollo de espacios y condiciones sociales que posibiliten y reconozcan el perfil bio.gráfico como necesidad (de cumplimiento incompatible), el desarrollo del hábitat de un sujeto no reconciliado pero con planteamientos, nudos y desenlaces, que no demanda identidad sino capacidad de orientación para gobernar sus necesidades, los grados de afección y de afectación, la importancia de lo que le preocupa.
Las prácticas de subjetivación, las formas de vida, son históricas y, por lo tanto, susceptibles de ser transformadas enfrentando las normas (reconocimiento por adaptación a la convención) con la observación de las formas: toma de conciencia de la existencia que implica tener experiencias (estructuras, conexiones, relaciones) y reflexionar sobre cómo decantan en ellas las relaciones de poder (desnaturalizar la subjetividad: problematizar sus prácticas, discutir sus formas, redefinir sus gustos…).
El capitalismo se sustenta en una subjetividad (la inalienable libertad de consumo) insostenible. Desertar de las identidades prêt-à-porter exige el desarrollo de una estética de la existencia como ética ‘agonal’: no podemos liberarnos de nuestros condicionantes, la libertad no se conquista, se ejerce, cotidianamente, procesualmente, mediante prácticas que crean estilo (no identidad sino coherencia), actividades sobre uno mismo que dan a ver una forma.
De ahí el carácter ejemplar de la experiencia artística, que implicaría: agudeza perceptiva (percibir en lo concreto sus implicaciones); un trato activo con lo múltiple que se concreta en una forma (hacer algo necesario a partir de la contingencia) basada en elecciones coherentes en un sistema de gran complejidad; un incesante trabajo ascético de gobierno (un ejercicio que un sujeto realiza sobre sí) guiado por el afán de perfeccionamiento (autonormativo, compromisorio pero gozoso); con.figurar una instancia individual sobre un fondo intersubjetivo; la modificación de los puntos de vista y los gustos (habilitar un interlocutor con capacidad de evaluar y atribuir valor); en definitiva, la invención de posibilidades de vida y modalidades de subjetivación en el marco de la economía general de intercambios.
Esta concepción supone la definitiva superación del romanticismo (la obra expresa el universo mental de un sujeto inimitable que instituye un mundo con su propia lógica interna) y el modernismo (con su imaginario de negación y alienación que busca un punto exterior arquimédico desde el que saludar al ‘hombre nuevo’ a golpe de manifiesto). El arte hoy no busca arcadias sino modus vivendi, espacios para existencias densas, fecundas y sostenibles. Las prácticas de subjetivación requieren un ecosistema social, el arte opera con los vectores de sentido en ese ‘espacio público’, lo que no implica poner esculturas en las rotondas ni pancartas al frente de las manifestaciones, sino aprovechar que el mundo ha devenido imagen para desarrollar un paisaje social, un telón de fondo contra el que los individuos puedan representar sus necesidades de cumplimiento incompatible (aquellas cuya satisfacción implica una modificación del orden de cosas dado) con la expectativa de que sean reconocidas. En otras palabras: crea un ecosistema en el que determinados sujetos puedan desarrollarse y otros tiendan a extinguirse por encontrar dificultades para su reproducción.
El paisaje es la huella y el escenario de los usos sociales. Hoy las prácticas de subjetivación reconocidas fomentan el consumo, el despilfarro, la urbanización indiscriminada del territorio, el abuso del automóvil, la desestructuración urbana, la ansiedad, la degradación del espacio público, la mercantilización de las relaciones sociales, el espectáculo del deterioro social y medioambiental. ‘Conservar’ otros paisajes en extinción (no disecarlos, convertirlos en parques temáticos de sí mismos) que permitan reconocer otro tipo de paisanaje exige imaginar actividades socioeconómicas compatibles. Todo ello nos devuelve al origen de la filosofía -la reflexión sobre al lugar del hombre en la ciudad- y del arte –la definición fondo / figura-.
Buscábamos una subjetividad cuyo bienestar sirviera de indicador para un desarrollo autolegitimado. ¿Podemos plantear el desarrollo artístico como indicador de progreso? Quiero decir: el desarrollo de espacios y condiciones sociales que posibiliten y reconozcan el perfil bio.gráfico como necesidad (de cumplimiento incompatible), el desarrollo del hábitat de un sujeto no reconciliado pero con planteamientos, nudos y desenlaces, que no demanda identidad sino capacidad de orientación para gobernar sus necesidades, los grados de afección y de afectación, la importancia de lo que le preocupa.
Resumen intervención de Ramón Salas.







1 comentario:
Aquí dejo otro. Chao
VIVIR EN LA IMPOSTURA
A la edad de veinticuatro años, el joven artista Andy Warhol decidió vivir en la impostura. Se presentaba ante él el problema de su juventud frente a la ferocidad de su vida alrededor. Demasiado joven para algunos escenarios, Warhol tuvo que poner en marcha una artimaña que le permitiera gozar de cierta credibilidad y mostrar que estaba preparado para hacer grandes cosas. Resolvió la situación de una forma muy peculiar: tiñendo su pelo de blanco. Pensó, que culto de canas, despistaría sobre su edad; a la vez de parecer entrado en años, sus demás rasgos darían buena cuenta de que era demasiado joven para ser un señor con canas. Él mismo explica : “Cuando tienes canas, cada movimiento que haces parece joven y ágil en lugar de ser sólo normal”. Buen plan, por tanto.
Pero Warhol no sólo pretendía ser un señor maduro con aspecto juvenil. Tanta ficción no tendría sentido sin un contexto determinado. Y su plan encajaba de lleno con ese momento histórico que vivía: necesitaba pertenecer. Construir su identidad.
Todas las personas presentamos nuestro yo socialmente en función de unos parámetros elegidos. La necesidad de caer bien, dar buena impresión, encantar… se entiende por otra necesidad que nos es inherente: la pertenencia. Son conceptos asociados al grupo social, a la vida en sociedad. Pero esa pertenencia va más allá del simple hecho de hacernos ser parte de algo, en tanto que es la responsable de casi la totalidad de nuestras acciones. La pertenencia nos distingue y nos connota. Nos construye y avala. Nos da herramientas para la supervivencia y nos arropa. Pero a cambio exige mantener su identidad.
Pertenecer exige aceptar ciertas premisas y tomarlas como bandera. Exige tener determinadas ideas y lucir determinados trajes. Pertenecer, en definitiva, exige actuar en la vida.
Y es en nuestra vida cotidiana donde podemos observar esas pequeñas acciones que nos delatan. La idea de este trabajo ha girado en torno a pequeñas acciones susceptibles de distinguirnos, y enmarcadas en el mundo post-adolescente. Tienen como escenario el espacio doméstico, o el espacio urbano cotidiano: espacios familiares que están de paso o que frecuentamos con asiduidad. He intentado retratar acciones que den cuenta de nuestras elecciones: las que hacemos de forma deliberada, y las que nacen por humana condición. He tratado de dejar la presencia de la simbología colectiva: marcas, buenas ropas, caprichos de lujo, momentos que están a caballo entre lo ocioso y lo diligente, como recurso para hablar del proceso de homogenización de las demandas y necesidades. Dejarse el bigote responde a la idea de desiconización del símbolo de Vásquez Rocca, que explica como grupos distinguidos, rompen con su propia iconografía para adoptar justo la opuesta, y utilizarla como vehículo para pertenecer. Cualquiera puede ser viril, basta con pegarse un bigote.
A mí también me gusta vivir en la impostura.
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