sábado, 17 de noviembre de 2007

El paisaje del arte (y IV)










En ese contexto de sostenibilidad podemos ahora pensar el arte actual. Infraestructuras megalómanas y dispositivos desterritorializados que rentabilizan la importación de paracaidistas, que plantean sofisticadas y carísimas soluciones tecnológicas a problemas culturales elementales que legitiman con alguna denuncia promocional políticamente correcta que degrada el trabajo bio.gráfico al nivel ‘estratégico’ y performativo.

Vía crucis globales organizados por comisarios-jet (los que sueltan los paracaidistas) con expositores de novedades con obsolescencia programada basadas en un concepto ‘ampliado’ del arte que banaliza los enfoques y fatiga y dispersa la capacidad valorativa, no dejando más alternativa a la frustración que el disfrute del espectáculo de la competición por el éxito.

Enfoques documentales que promocionan lo real y lo actual con un ritmo que hace anacrónica la pregunta por el sentido. Museos de lo candente que mantienen una distancia 0 con una actualidad insuperable que primero nos deslumbra y luego nos ciega, haciendo olvidar que los acontecimientos son una forma de cristalización en el presente de procesos no coyunturales cuya desconstrucción requiere cultura y que el conocimiento tiene que ver con la reducción y la articulación, no con la extensión o la información.

Críticas al idealismo en plena cultura del simulacro, en la que la idea sólo puede ser el tan necesario como olvidado contrapunto de lo devenido; denuncias obvias en un mundo sinvergüenza que solaza en el morbo su carencia real de alternativas propensivas y propositivas; cantos a las pintorescas diferencias vernáculas que no exigen el trabajo sobre sí; estéticas indoloras que no demandan conocimientos ni esfuerzos previos; activismos que entronizan la acción y deslegitiman la actuación en un escenario tan dinámico como carente de argumento y necesitado de sentido; elogios de la esquizofrenia -que se ha convertido en el nuevo espíritu del capitalismo- y del principio de placer -plenamente realizado en el hedonismo y esteticismo difuso de la sociedad de consumo; diatribas contra un estado a merced de “los mercados” que hace tiempo que ha delegado su función ‘represora’ en los propios deseos de los individuos; globos sonda que transfieren al mercado la responsabilidad de la legitimación cultural y arrasan con cualquier espacio temporalmente autónomo obligando a los retoños de subjetividad alternativa a contrastarse in.mediatamente con especies agresivas bien arraigadas en el desierto del nihilismo…

¿Es este el arte cuyo nivel de desarrollo debería servir como indicador para evaluar el progreso social?



Lecturas recomendadas:

Schmid, W. (1991): “Epílogo”, en En busca de un nuevo arte de vivir, trad. cast. de G. Cano, Pre-textos, Valencia, 2002: pp. 341-356.

Colectivo revista Silence (2006): Objetivo decrecimiento. ¿Podemos seguir creciendo hasta el infinito en un planeta finito?, trad. Cast. de J. Fernández de Castro, Leqtor, Barcelona.


Enlaces

http://www.thelandfoundation.org/

http://www.jornada.unam.mx/2004/06/03/ls-entrevista.html



Resumen intervención de Ramón Salas.

1 comentario:

Ramón Salas dijo...

A la salida de la última clase Manolo Cruz me comentaba que toda reflexión debería seguirse de un buen ejemplo. Me dan miedo los ejemplos (didácticos) porque ‘resuelven’ formal y anticipadamente problemas que sólo son productivos mientras permanecen abiertos. Lo que sí podría haber hecho era plantear problemas más fáciles de visualizar, por ejemplo, el del propio Manolo Cruz. Es un pintor -dotado en esa disciplina tan versátil como problemática- inquieto por las dificultades que su vida le plantea al desarrollo de su obra. Su compromiso con la realidad local en la que vive, con su entorno laboral, con sus amistades, con sus inquietudes intelectuales, etc. le obligan a convertirse en un pintor (y un intelectual) ‘dominguero’ agobiado por una dinámica cultural artificialmente acelerada para desacreditar la experiencia y fatigar el sentido de la orientación. Posiblemente Manolo haya encontrado la manera de gestionar todos estos frentes abiertos de forma relativamente equilibrada (siempre sabiendo que el equilibrio no se puede poseer, que hay que mantenerlo). Pero posiblemente quiera además encontrar la forma de ser artista, de traducir esa experiencia vital en algo que dar a ver. Durante años lo intentó de una manera coherente: su búsqueda de sitio (en el panorama cultural y en su propio contexto social) encontraba su equivalente en un tema (el albergue, la marquesina, el apeadero al borde de un lugar de paso) que resolvía por un procedimiento pictórico que consistía en desplazar la materia por las cuatro esquinas del lienzo, como si quisiera buscarle un lugar idóneo, para finalmente dejarla medio arrumbada no por haber dado con el sitio ideal, sino por haber encontrado una solución contingente que daba expresión al hecho de que se había barajado un número razonable de posibilidades, de intentos de poner en orden el espacio habitable. Un procedimiento (que rememoraba tanto la perspectiva renacentista como el despojamiento minimalista del espacio simbólico) concretaba un tema pictórico equivalente a un problema personal y profesional imbricado en un orden social que apuntaba a un asunto político de amplio espectro: la necesidad de encontrar un principio de orden contingente que haga habitable un territorio del que se han expulsado las certezas carismáticas y dogmáticas. Imaginemos que ese planteamiento se quiere hacer compatible con la plausible determinación de Manolo de ayudar a su mujer en su centro cultural rural, de mantener una participación activa en la evolución de la facultad, de mejorar sus facultades ciclistas, de leer a Montaigne, enseñar a su hija a conducir, hacer paellas para cada vez más amigos, aprender a editar en video, evitar que su perro muera por culpa del parásito que se ha alojado en su corazón… quizá un humanista del XVI podría identificarse con un perfil (una subjetividad) perfectamente codificado en su sociedad que pudiera caber en un retrato coherente. Pero el ciudadano actual tiene que des.plegar su bio.grafía en un espacio ampliado que le obliga a que la forma se cimiente en la coherencia de elecciones dispersas en planos heterogéneos que no caben en la imagen unitaria de un bastidor. ¿Quiere esto decir que hay que dejar de pintar?, ¿o quizá que haya que obliterar dimensiones de la existencia para cultivar una excelencia especializada en alguna de ellas?, ¿o quizá, simplemente, que la acertada y fecunda articulación entre historia del arte, biografía, norma profesional, proyecto personal, contexto social y problema político frente a un paisaje social poliédrico exija la coexistencia de recursos que desborden el cuadro para desplegarse en formatos más complejos que incluso puedan ampliarse a otras formas de dar a ver, por ridículo que inicialmente parezca poner(se) en evidencia?